miércoles , 28 julio 2021
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Un libro donde la estupidez es abordada desde todas las aristas

¡La Estupidez, el verdadero virus mundial!


¡La Estupidez, el verdadero virus mundial!

El estúpido padece egoísmo intelectual. El estúpido es tosco y aun así fanfarrón. Niega la complejidad y difunde su simplicidad de forma dogmática. Opina sobre todo como si estuviese en posesión de la verdad absoluta. Es un ciego que se cree clarividente”

Lcdo. Douglas V. Marval A.

Esta es la segunda parte de un artículo que escribí anteriormente que llevaba por título: El poder no es para idiotas. Y como estamos en esta dictadura mundial que nos tiene la pandemia quise terminar lo que comencé con este nuevo artículo e hice ciertas comparaciones: Digámoslo así: todos cometemos estupideces. Todos somos estúpidos en un grado mayor o menor. Una vida sin tonterías sería demasiado aburrida, al fin y al cabo. Quizás, discurrir sobre la estupidez sea también una soberana necedad. Pero…Si la Humanidad se halla en un estado deplorable, repleto de penurias, miseria y desdichas es por causa de la estupidez generalizada, que conspira contra el bienestar y la felicidad. La gripe Española, el Covid 19 y el Ebola en África han quedado corta como virus. Esta, es más letal en términos de ser causante de muchas muertes. La estupidez es la forma de ser más dañina. Es peor aún que la maldad, porque al menos el malvado obtiene algún beneficio para sí mismo, aunque sea a costa del perjuicio ajeno. Nos lo decía el historiador Carlo Cipolla en la Tercera ley fundamental (ley de oro): “Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”

Leí algo hace mucho tiempo que reza lo siguiente y los suscribo en su totalidad porque le puso letras a mis pensamientos: “Más daño hace un tonto que un malo”. Para ejemplo vean el pandemónium que estamos viviendo en la actualidad por culpa de “muchisisisisismos” tontos. Y si es un tonto con poder, “Ave María Purísima”, es peor. Es que un malo sabe lo que hace y lo que quiere, tiene maldad y hace daño más el tonto hace lo mismo con consecuencias peores al malo.

La Estrechez mental: ¿qué se puede entender por estupidez?

En 1866, el filósofo Johann Erdmann definió la “forma nuclear de la estupidez”. La estupidez se refiere a la estrechez de miras. De ahí la palabra mentecato, privado de mente. Estúpido es el que sólo tiene en cuenta un punto de vista: el suyo. Cuanto más se multipliquen los puntos de vista, menor será la estupidez y mayor la inteligencia.

Es por ello que los griegos inventaron la palabra idiota: el que considera todo desde su óptica personal. Juzga cualquier cosa como si su minúscula visión del mundo fuera universal, la única defendible, válida e indiscutible.

El Egoísmo Intelectual:

El estúpido padece egoísmo intelectual. El estúpido es tosco y aun así fanfarrón. Niega la complejidad y difunde su simplicidad de forma dogmática. Opina sobre todo como si estuviese en posesión de la verdad absoluta. Es un ciego que se cree clarividente.

A través de la filosofía tratamos de valorar otros puntos de vista. Luchamos contra el embrutecimiento. Ampliamos horizontes y ponemos en cuestión nuestro comportamiento y manera de pensar.

De esta forma se intenta atenuar la estupidez: al ejercitar la duda y la autocrítica. Al dejar de enfrascarnos en nuestra propia imagen, como ocurría en el mito de Narciso. El estúpido está enamorado de sí mismo e ignora todo lo demás. Incluso lo desprecia con autosuficiencia.

El totalitarismo de la estupidez:

En 1937, el poeta Robert Musil retomó la cuestión sobre la estupidez. El único punto de vista legítimo es el de un grupo social determinado, el de una facción concreta: la nuestra. La estupidez se emparenta con la intolerancia y la ausencia de diálogo. Es un hermetismo mental y gregario. Se expande mediante consignas engreídas y sin fundamento, coreadas en un clamor colectivo esperpéntico (Aquí hay muchas consignas, lemas, dichos fanáticos entre muchos que lo ponen de modas entre muchos acólitos cuando se sienten amenazados y como para darse animo entre ellos)

La Estupidez Funcional:

Todos en algún momento podemos ser estúpidos ocasionales. Pero lo que distingue al obcecado funcional, según Musil, es la incapacidad permanente para apreciar lo significativo. ¿Qué es importante y qué no? En su presunción, el estúpido se obstina con tozudez en lo insignificante. Es inepto a la hora de jerarquizar prioridades. Como sugería Nietzsche, la estupidez más común consiste en olvidar nuestro propósito (Friedrich Wilhelm Nietzsche, considerado uno de los pensadores más importantes del S XIX).

Se trataría de discernir con rigor y exactitud las complejidades de la vida. Pero las majaderías se extienden con la rapidez del pánico. Podría decirse que hoy en día se viralizan como la pólvora. Adivine usted a qué me refiero…

Uno de los remedios contra la estupidez es la modestia. Así, es inteligente cuestionar lo que uno hace y piensa. Quien vive en el “quizás” en lugar de en las afirmaciones rotundas y contundentes, se aleja de las memeces. Quizás lo que creemos inteligente no sea más que una sandez. Era la duda que planteaba Erasmo de Rotterdam (Rotterdam fue un filósofo humanista, filólogo y teólogo cristiano neerlandés, considerado como uno de los más grandes eruditos del Renacimiento nórdico)

La Pregunta Fundamental:

Para concluir, quizás usted dirija sus invectivas hacia ciertos grupos sociales o personas. Pero piense que la estupidez puede afectar sin distinción a cualquier persona.

Hay estúpidos en la misma proporción en todos los estratos económicos y culturales, corrientes políticas y geografías. O incluso podría usted pensar que yo mismo adolezco de una estupidez envanecida. Y no le faltaría razón.

La cruzada contra la estupidez está perdida de antemano. Decía Albert Camus en La peste que “la estupidez siempre insiste”.

Puede ser que tuviésemos que formular cada cierto tiempo, como hacía el escritor Giovanni Papini (fue un escritor italiano. Inicialmente ateo y escéptico, posteriormente pasó a ser un fervoroso católico) la pregunta fundamental para acabar de una vez con la estupidez (al menos funcional): ¿soy un imbécil?

¿Y si estuviese equivocado? ¿Si fuese uno de aquellos necios que toman las sugerencias por inspiraciones, los deseos por hechos? […] Sé que soy un imbécil, advierto que soy un idiota, y esto me diferencia de los idiotas absolutos y satisfechos.

Tomé como referencia y apoyo al Profesor de Teoría de la Comunicación, Antonio Fernández Vicente de la Universidad de Castilla de España. Es un tema que se le pueden encontrar muchas aristas…. ¡Por allí nos vemos!


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